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Vine a escribir un verso y, de repente, me vi dándole forma a tu sonrisa, perfilando tus labios con precisa y renovada sed adolescente.
Imaginé la forma sugerente tras el leve tamiz de tu camisa, y ese sabor a menta y a melisa que descubro en tu cuerpo incandescente.
Desde el endecasílabo a la espuma, huésped de mi deseo y de tu ausencia, fui imaginando, exacto, tu retrato.
Así fuiste surgiendo, de la bruma a mi recuerdo, toda transparencia: haciendo de mi verso un garabato.
Yo no sé del amor, sino que existe porque existen tus ojos y tus manos, tu suave voz, tus signos meridianos, tu sonrisa, que vence lo más triste.
Y porque en ti me insiste y se resiste frente a los contratiempos cotidianos; porque contigo alivia mis veranos, y en los inviernos su calor me asiste.
Y así sé que es tangible y me acompaña, y ventila mi casa y persevera haciéndome crecer hacia tu altura.
Sé que tiene tu rostro y desempaña mi historia antes de ti, cuando no era sino un viajero por la noche oscura.
Tengo una casa y ropa, y en la mesa hay comida caliente cada día; y una mujer que amo y que no es mía, porque es libre el amor con que me apresa.
Tengo dos hijas —cálida promesa de un futuro que sueño en armonía—, y la salud responde todavía; y por momentos, la niñez, ilesa.
Tengo amigos, mis padres, mis hermanos, algunos versos que me son cercanos, la música barroca, el horizonte...
Sería un hombre feliz si no supiera que el mundo gira y gira a su manera y no todo es orégano en el monte.
Somos el tiempo que nos queda
J. M. Caballero Bonald
Somos el tiempo que nos queda, pero, al mismo tiempo, somos lo que fuimos, lo que ganamos y lo que perdimos; la huella, el vuelo, el aire y el sendero.
Somos lo que ofrecimos con sincero afán de compartir; lo que sentimos ante el amor o el odio; lo que vimos, lo que olvidamos; lo total, el cero.
Somos, en una vida, muchas vidas. Muchos sueños que, acaso, malogramos. Alguno, que alcanzamos con firmeza.
Somos la cicatriz de mil heridas. Lo que nos dieron y lo que entregamos. Lo que, con nuestro adiós, después, empieza.
Canto porque estoy vivo, y aunque pueda desafinar algunas veces, sigo porque siempre responde algún amigo que comparte mi canto y la vereda.
Canto porque mi voz, por la arboleda del tiempo en el que soy, se hace testigo de mis sueños, mis pasos y mi trigo. Y no cambio mi canto por moneda.
Aunque a veces —silencio a la deriva— sólo con blanco sobre blanco escriba y amordace mi voz el desencanto,
recobro cuando menos me lo espero las ganas de cantar. Así, ligero y sediento de luz, regreso al canto.