|
|
|

Ven y bebe conmigo de la copa del tiempo.
Apúralo despacio y saborea la miel que lo contiene, el néctar que te atrapa, la suavidad del líquido sin fondo que nos va conformando, si bebemos.
Sin embargo, no pienses que toda copa será igual, pues cambia su paladar, conforme a la cosecha de dolor o de paz, de amor o sombras. Apúralo, no obstante. Pues no vuelve la gota malgastada, aunque, a la postre, siempre pase factura la vida, de ese trago.
Ven y bebe conmigo, compárteme en el fuego de esta copa de tiempo que alargamos instante tras instante, hasta que quede seco el fondo y la luz en el cristal se torne opacidad, silencio.
Como canta la vida desde cada rincón de su espesura su propia construcción, así yo canto —conforme con mis signos— la construcción del día.
Alzo palabras que conjuran la duda, y hasta salvo arcanos jeroglíficos que ocupan mi pensamiento en múltiples respuestas que al fin, ya contrastadas, se resumen en una: tú, mi tiempo.
De claridad, materia religiosa, se levanta mi casa: luz que empapa mi propio discurrir. Y no porque mis manos sean capaces de engendrar transparencias, sino porque de la misma materia de tu amor afianzo sus cimientos, construyo sus paredes, elevo soleadas azoteas, y en ese alzar de muros y moradas tú permaneces: libre, silenciosa y prudente a mi costado, haciendo de la luz firme argamasa con que afrontar la furia de los tiempos.
Voz y huella de ti. Sobre la senda del tiempo me desdoblo en memoria y camino, en nocturno pasado y luz abierta al porvenir. Y canto esa transformación que conformaste con paciencia y labor, con la armonía con que todo lo abordas y compones.
Voz y huella de ti. Sobre la mesa, testigos de mi huella y de tu voz, se abren paso estos versos.