Máquina de escribir
Pluma
 

portada de La luz viene de ti (1993)

La luz viene de ti (1993)



Con el tiempo, del tiempo, sólo queda un instante, que no es el mismo instante al instante que fue; que es bruma o agua, o arista en la memoria, o ya ceniza:
lo que fuimos, dijimos o pensamos, lo que sufrimos en soledad, o el gozo compartido, cuando el mundo ignoraba la sed de los relojes.
El tiempo es lo que un día dejamos de soñar, lo que olvidamos al aprender la vida en ecuaciones, lo que no tuvo nombre y conocimos en la sabiduría del corazón.
Porque el tiempo siempre será un paisaje que pasó, será una ausencia lenta de todo lo que somos, una fuga dulcísima que hiela cuando del tiempo queda la memoria que todo lo confunde, y sacraliza.

 

 



Amábamos la vida escrita en las novelas, esa sed de aventura, a la usanza de Sawyer, o de Huckleberry Finn. Nos fascinaba embarcarnos en naves del siglo XVIII, y con parches de tela, a modo de corsarios, gritar: "Al abordaje..."
La vida era la suma de todos los amigos entonando canciones escritas por Stevenson.
No comprendo por qué, sin darnos cuenta, dejamos de sentir como piratas, abandonamos sueños y aventuras, y rumbo de otros puertos, más cercanos, fuimos a dar a un mundo de despachos, documentos y cifras oficiales, donde todo obedece a códigos y reglas, y nadie reconoce la estirpe de John Silver.

 

 



Sabed que me he perdido muchas veces por oscuras callejas, mientras iba dando vueltas y vueltas a un silencio y recordaba un gesto de mi infancia o una presencia escrita en mi memoria. Que en más de una ocasión, cuando la noche parecía detenida en una copa, me contemplé ajeno a mi sonrisa, deshabitado de mi propio nombre. Sabed que he repetido mi torpeza hasta la saciedad, que he malgastado mi tiempo inútilmente, que he bebido hasta quemar mi sed, de ese vacío que parece fluir de la rutina. Pero sabed también que siempre hubo la mano de un amigo, la certeza de que una palabra puede ser la tabla salvadora, un verso a tiempo donde verter el alma. Y a la postre, unos ojos que miran lo que miro y por los que contemplo cuanto veo.

 

 



Ahora que estoy contigo, que podemos hablar tranquilamente, mientras llueve, y la ciudad parece un fotograma del mejor cine negro... mientras pasa la tarde, y apuramos lentamente este tiempo, que parece estar hecho para la confidencia, te diré lo que quise decirte tantas veces, lo que tan torpemente escribo ahora, intentando que el ritmo y la medida clarifiquen aún más cuanto pretendo sellar entre nosotros. Cambalache, aquel tango famoso que hace años Santos Discépolo escribió con tino, resume con acierto la locura de este siglo que expira y que propaga el culto a la materia y al mercado, a la riqueza, a costa de la ética. Miro a mi alrededor, y observo a gentes que viven al compás del trapicheo, y que vendieron su conciencia un día por un plato... que no fue de lentejas. Entonces vuelvo a ti, miro tu vida basada en la razón fundamental de serte fiel, honrado, consecuente con tus propios preceptos, con la norma de que la propia dignidad es algo que vale más que el oro de la tierra. Miro lo que aprendí de tus ejemplos, del trabajo bien hecho, de tus obras. Sé que ése es tu legado, lo que siempre quisiste que aprendiésemos tus hijos, y que hoy te agradezco, y no bastante, mientras llueve, y es marzo, y conversamos, y en el silencio sobran las palabras.

 

 



En las noches de insomnio, cuando el tiempo es cómplice, y las horas se dilatan, y el pensamiento gira y se desboca al mañana, al presente y al ayer;
cuando suena un reloj imperturbable cada quince minutos, y el silencio se adorna de fugaces transparencias, suelo pensar en ti, que acomodada
en los brazos del sueño, te repones de la voraz tarea de vivirme. Aún me sorprende el fuego de tus ojos,
y el amor que renuevas cada día. (Nuestras mentes, sedientas de imposibles, no pueden comprender lo cotidiano.)