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Fluye el tiempo y, sin embargo, —forma circular— no muere; es el tiempo el que nos hiere de muerte, y pasa de largo. Lo que corre a nuestro cargo no es el tiempo, es nuestra vida: envite en una partida que con el tiempo jugamos, aunque de sobra sepamos que está la apuesta perdida.
Apuremos despacio la copa de la vida, degustemos su néctar con pasión, y sintamos los frutos de la dicha, al tiempo que apartamos de nosotros puñales que invitan a la herida.
Asistamos al gozo con la mar por medida, y a la angustia, poblados de esperanza; corramos al encuentro posible con la luz, mientras vamos dejando atrás las sombras, sin una despedida.
Ya que la muerte llega sin llamar es preciso que no hayamos vivido de muerte gratuita; que en nuestro corazón habite la ternura.
Y que, si alguna vez, sufrimos de improviso, como suele ocurrir, la terrible visita del dolor, recordemos que cien años no dura.
HIPOTESIS DE LA LUZ
La luz es luz porque la sombra habita los huecos de la luz, porque responde desde la transparencia a cuanto esconde el contorno del mundo, que se agita. La luz es luz porque a la luz invita, y acerca a la razón lo que es oscuro, porque tiene su origen en lo puro, y en el cristal tallado por la duda. La luz es luz porque a su vez se muda persuasiva en su propio claroscuro.
Apenas supe del amor, y acaso nada hubiese sabido si no fuera porque con vocación de primavera una mañana me saliste al paso.
Andaba a la deriva, y es el caso que así la soledad, mi compañera, habitaba mi rostro a su manera: saltando de un dolor a otro fracaso.
Llegaste, y el amor llegó contigo; pobló mi corazón, me dio su abrigo, y aprendí de la luz que desprendía.
Desde entonces, dichosa levadura, lo alimento con sueños y ternura, para que crezca y crezca cada día.