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portada de Historias de Gila (2001)

Historias de Gila (2001)

(La historia de mi vida)

Van a saber la historia de mi vida Mi madre, al nacer yo, no estaba en casa y bajé a la portera que, abstraída,
no me prestó atención. La dije: "Blasa, que aquí donde me ve, que ya he nacido, que tengo hambre, y que a ver qué pasa".
Al verme la mujer tan decaído (recién nacido, claro), me dio el pecho. Poco, pues, la verdad, había servido
de joven de nodriza, y, por derecho, había criado once churumbeles, y hasta un sargento, cojo y contrahecho,
que —dicen— ensopaba hasta pasteles. Así que, claro, ni para un cortao lo que daban aquellos redondeles.
Llegó mi madre y dije: “Que he llegao”. Y me dijo: “Que sea la última vez que naces solo, sa remolachao”.
Después de aquella tierna calidez, mandó carta a mi padre, que era buzo, y trabajaba en el Canal de Suez,
no sé si de hombre rana o de merluzo, pues más de un año hacía que no venía y algo se le notaba en el testuzo.
Era mi casa toda algarabía, pues éramos ya entonces siete hermanos y un hombre en el pasillo, que vivía
con nosotros; total, nueve cristianos. Llegó mi padre y para celebrarlo nos fuimos a la feria tan ufanos.
Allí jugó mi padre sin pensarlo un número a una rifa, y una vaca (así, como lo oyen) fue a tocarlo.
Le dieron a elegir (menuda traca) entre aquel animal y una pastilla de jabón sin olor. Y, aunque era flaca
y blanda de mugido y de babilla, dijo mi padre: “El animal, Aurea; nos llevamos la vaca a Cercedilla”.
Y mi madre, cogiendo la correa del bovino, le contestó enseguida: “Tú, para no lavarte, lo que sea.”
Dejamos a la vaca consabida aparcá en el balcón para que diera la leche más fresquita y enlucida.
Y el caso es que, ya ven, por lo que fuera, tenía un cuerno flojo y lo perdió y le atizó a un banquero con chistera.
Subió el hombre a la casa, y esperó con el cuerno en la mano. Abrió mi viejo, y enseñándole el cuerno, preguntó:
“¿Es suyo esto?”. Lo miró perplejo mi padre. Y sin pensárselo un instante, le dijo: “¡Qué sé yo!”, sin más cotejo.
El hombre se murió. Fue fulminante. A mi padre metieron en chirona, y a mí me abandonó mi madre ante
la casa de un marqués, una casona a la que no faltaba ni un detalle, que hay que ver cómo era esa persona.
Al salir el marqués para la calle, me descubrió (yo estaba tiritando). “¿Tu nombre?”, preguntó. “Pepito Valle.
Como soy pobre...”, dije, sollozando. Y él me dijo muy digno: “Desde ahora, te llamarás Alfredo Luis Fernando”.
Luego, aquella familia bienhechora, me llamaba Nandín, para abreviar, igualmente el marqués, que la señora.
Vivía bien (que no se pué' negar), pero a pesar de ello me aburría, y me escapé de casa. Fui a parar
a una banda de cacos que solía actuar por allí. Pero ocurrió que robaba, y zas, lo devolvía.
“Algún virus”, según diagnosticó el médico, quien dijo que robara sólo pescado blanco. Pensé yo
que estando, como está, la vida cara, no era cuestión de andar con miramientos, y me embarqué hacia Londres en zatara.
En Inglaterra, y ya con otros vientos, me hice de Scotland Yard. Sin ir más lejos, se contaron mis éxitos por cientos.
Pues allí fui, sabejo entre sabejos, quien detuvo a Jack Destripador, sin acudir a métodos complejos.
Me instalé en su pensión y, sin rencor, cuando me lo cruzaba en el pasillo, en el baño, o en el recibidor,
le soltaba, del modo más sencillo: “Alguien mató hoy a alguien”. Se ponía, colorao, colorao. Hasta que el pillo,
cansado de aguantar, un mediodía vino a entregarse a mí. “Se lo suplico, deténgame, y déme una alegría.
Yo soy el asesino, se lo explico, pero, por Dios, no más psicología, que bien que sabe a lo que me dedico".
Después me contrataron en la CIA.