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Desde mi mente hasta el papel hay un camino que recorro: blanco espacio de luz o sombra, abierto siempre a lo innombrable.
Lo voy andando con palabras que me enseñaron mis ancestros, pero mis huellas son las huellas de mis errores y mis sueños;
de mis pasiones y mis dudas, mi escepticismo y mi entusiasmo: todo, en un Todo indivisible,
en un boceto inacabable, pues está en mí, en tanto sigo restando, con mi suma, el tiempo.
Estoy ante la nieve de la página escuchando el silencio. Mi corazón se agita y por mi sangre, a la deriva, fluyen los recuerdos.
Yo me miro en un cristal de fiebre que me dicta palabras. Los espejos me devuelven los gestos de un extraño que conoce mi nombre. No comprendo cómo el reloj desgrana, indescifrable, los rincones del sueño, ni cómo el galopar de mi memoria va desangrando voces por mis dedos.
Estoy ante la nieve de la página, que se convierte en barro conforme me confieso.
Era verano, y El Tajo un río aún al paso por mi pueblo, no el silencio varado de cieno y podredumbre con que se arrastra ahora.
Sus orillas de arena albergaban resoles, luminosos destellos de nácares y cuarzos, de conchas de moluscos que hoy sólo son recuerdo; sus orillas, promesa de líquida abundancia. Nadaban renacuajos y peces encendidos de platas encarnadas. Y apenas a unos pasos de la orilla podía sumergirse de pie un hombre de dos metros.
Recuerdo que salía, con mi madre y mi hermana, cada mañana al río en vísperas del Ángelus, y tras dejar la bolsa y extender las toallas corríamos al encuentro de aquella transparencia.
“No paséis de ese punto”, señalaba mi madre, que apenas braceaba y conocía del río su afán por apropiarse de jóvenes y viejos que luego devolvía sin rostro y sin mañana, con los ojos perdidos, vidriosos, desbordados.
Nosotros, obedientes, íbamos hasta el punto señalado. Podríamos haberlo traspasado con cierta suficiencia, pues desde bien pequeños mi padre insistió siempre en que nos empeñásemos en nadar con esmero.
Por eso los domingos el baño era distinto. Con mi padre podíamos afrontar nuevos retos. Con él era posible adentrarse en las aguas más profundas y oscuras, luchar contracorriente. Así, cuando lográbamos avanzar unos metros curso arriba, orgulloso, nos iba jaleando; después, cuando veía que el cansancio llegaba a nuestros brazos niños, nos prestaba su ayuda. Y cuando, satisfechos de nuestra propia hazaña, nos autoproclamábamos nadadores expertos, siempre nos recordaba que el señor era el río; la muerte, su aliada; nosotros, sus vasallos.
(Y el respeto más alto a la naturaleza, lo fuimos aprendiendo observando sus gestos.)
A los verdes islotes que ocupaban el centro del cauce de aquel Tajo, llegaban las familias con sitios asignados. Y jugaban los niños; los padres, conversaban; las madres, dormitaban tostándose sin prisas: caricias de otro sol más amable y nutriente que el sol que ahora nos quema con sus lenguas furiosas.
Teníamos siete, ocho, nueve años entonces. El verano era el río y el parque por las noches. El tiempo deshojaba sus pétalos sin prisa, y todos conocían el nombre del vecino. Hoy no existen moluscos, ni peces encendidos de platas encarnadas, ni existen arenales, ni la ciudad convoca sus pasos en las noches de verano a ese parque, que apenas sobrevive. Hoy miro alrededor y me asombra que el tiempo —al que se hace culpable, siendo ajeno, de todo— haya tornado en sombras aquella luz, el río, el parque, la ciudad, el signo de los hombres.
Supongo que a mi modo, sólo constato el hecho de que nada es eterno, de que todo es mudable, de que en todos los tiempos se pudo ver el rostro de un paisaje cambiando. Será que la nostalgia me devuelve a otros días que la memoria eleva a espacios ideales; será que cumplo años, simplemente, y escribo para tocar la luz de las rosas de entonces.
Pero también ocurre que a solas me rebelo, soy consciente del mundo que se va edificando, del mundo que dejamos herido y sin retorno a nuestros propios hijos, de quienes lo tomamos tan sólo en usufructo.
Miro el río y el parque y me duele su herida, y clamo en estos versos cargados de impotencia, de desolado llanto, desesperanza y sombra de un ayer, una luz, un mortal paraíso.
Aún es verano. El Tajo, ni siquiera un espectro.
PRAIA DE AREA (Septiembre 2002)
I
Reposa el mar y el tiempo es un extenso espejo azul.
Rara quietud la de este cuerpo de agua con voz de sal.
Me adentro en él, y a través de sus ojos bebo la luz.
II
Sucesión de la luz: esto es el tiempo. Hoy mar encadenado a su reflejo que se extiende y reitera en puro azul.
Escucho el golpe acompasado de las olas, la leve efervescencia repetida en un eco que se reinventa y sigue incansable, tenaz, siempre certero.
¿Esto es el tiempo? ¿O acaso más allá de la luz y el azul, del golpe de las olas y su eco, el tiempo está en mi forma de mirar, en mis cinco sentidos que comulgan en este mismo instante con este mar, con esta transparencia?
Miro la extensión de la luz: agua sin límite que trasciende mi propia percepción; agua que es cauce, camino, voz y vida, y que de pronto, en mi mirada, cabe, completa, en su total infinitud.
Siento la levedad intensa del salitre en mis labios, el beso de la brisa en mi rostro. Y aspiro hasta llenar de aire mis pulmones, hasta fundir en mar todo mi cuerpo; en mar que es tiempo contenido y libre, caballo desbocado en blanca espuma, tiempo, que al tiempo de romper, recoge mi pensamiento y mi razón: mi asombro.