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Luna de la risa
Era la noche un río de fuerza incontenible, un río de luz, de almíbar, de esperanza. De las bocas nacían mariposas azules. Y la luna era un lago de paisajes perfectos.
Estábamos allí y no existían ni los relojes ni las estaciones. Allí la primavera marcaba sus dominios, allí se abrían las rosas más puras del planeta.
Atrás habrían quedado sombras, dudas, tristezas que acaso algún momento despertaran; pero más fuerte aún el manantial del gozo arrastraba penumbras y silencios.
En la voz había rosas de cristal, transparentes banderas, un claro pájaro en el centro del humo que gozoso dejaba una rama de olivo.
Cada palabra dicha era una estrella, una estrella fugaz que derramaba una estela de miel en la memoria,
y que vino conmigo en el regreso.
Luna de los primeros versos
Buscaba en los meses de invierno una luz nueva, un paisaje distinto desde donde cercar la sombra, el miedo, la angustia indescriptible que tomaban mi rostro y mis pupilas. Buscaba las orillas de un río, solitarias y buenas, y una luna de azúcar se acercó hasta mis manos. Buscaba los reflejos de un sol de siete años que nunca ya fue el mismo, los colores del Iris y los celestes puros de mis primeros cielos.
Mis manos intuyeron sendas donde la tinta se hacía pulso, donde el papel en blanco se tornaba mapamundi, perfecto itinerario en donde detener a la tristeza.
Así nació una luna en la frontera de mis dedos, y así se fue tornando, de los hilos finísimos del alba, en pequeños poemas, en versos inmaduros, sinceros, infantiles... que a veces hoy recuerdo,
y que recito a solas.