Máquina de escribir
Pluma
 

portada de Alba (1989)

Alba (1989)

Acariciar la luz hasta quemarme
en la más habitable transparencia.

Ser ya luz: abrazado al centro que define gravitación tan alta.

 

 

Amanece en tu cuerpo.
                      La luz, 
desde tu orilla, 
                 surge, 
                        irradia,  
                                 gravita,
dando estancia al silencio que asumo
cuando cero, 
             ya en ti,
me incendio de infinito.     

 

 

Antes de ti la luz apenas era
una palabra escrita en lo imposible;
argumento de música soñada
en el hondo silencio de mis días.
Poblado de vacío, la deriva
era el único rumbo, negro espejo
donde observar el rostro del que entonces
habitaba mi nombre. 
                    Dedicaba
los pámpanos de tinta y mi locura
en fundar paraísos. Y es bien cierto
que la esperanza sólo fue una rosa
marchita entre mis dedos y mi orgullo.
La voz era la calma, y acudía 
sin voz a su caverna apetecible
para beber del néctar que lograba                 
borrar el mundo impar de mi memoria.

Y así, sin darme cuenta, mis raíces, la fiebre de mis venas y el deseo, el vértigo de lluvia enamorada, y el metal que en mi voz amanecía ocuparon de forma silenciosa un paisaje nevado, donde a veces un pájaro de sangre remontaba el vuelo al otro lado de mí mismo.
Antes de ti, la confusión, la sombra, la ceniza: presencia antes que el fuego; el abismo interior, y el laberinto de mi propia razón arborescente. Y el tiempo, gota a gota, repetido en las oscuras fuentes de mi voz: lentitud afilada, centro roto en el yermo viaje de mi aliento.
Y de repente el mar cabe en mis manos. Todo se transfigura por expreso dictamen de tu magia: lluvia fértil para mi corazón desposeído. Bautizas con tu voz lo cotidiano, enciendes los silencios, reconstruyes en una sola noche la ciudad, y condenas al fuego mis palabras. Me das un nuevo idioma. Con tus besos apartas mi memoria; y el origen de todo empieza en ti. Tú me redimes.
La luz deja de ser una palabra escrita en lo imposible; toma cuerpo, nombra el tiempo con vértigo gozoso y acerca hasta los dos la primavera:
fugaz eternidad donde se asienta la clara sucesión de nuestra luz.

 

 

Busca el cuerpo
respuesta a su razón. 
Bucea
por el nombre elegido; 
hacia esa espuma
que le devuelve
cuanto es. 
                  Admira
en el único cuerpo que le muestra
los nombres de la luz, 
su asombro, 
y en el vórtice mismo se sucede
sin materia, sin peso, sin edad.

 

 

Busca el cuerpo
en el mar del espejo
la memoria del mar. 

Busca la sucesión de su materia.
Roto el espejo, alcanza serenidad, sosiego.
Se desprende de sí.
Al fin, se sabe.

 

 

La certeza del cuerpo
definida en el centro
de la noche, 
ilumina la estancia. 

La pupila es silencio.
La piel aprende las palabras del sol.